2011/10/19

El peregrino


Un peregrino recorre el bosque a través de un sendero invisible. La foresta le oculta ante el firmamento hasta que por un momento le muestra un rastro de humo que sale de una chimenea. El peregrino entra en la choza. En las paredes cuelgan en avanzado estado de descomposición animales muertos de nauseabundo aspecto y hedor. En frascos bichos variados revolotean y en otros hay sesos y vísceras contenidas en repulsivos líquidos. Libros descoloridos se amontonan en estantes repletos junto con numerosos botes y objetos. En el centro una marmita enorme bulle intensamente y sobresaliendo sobre el caldo se intuyen tres cabezas humanas, unos cráneo desechos cuyos cueros cabelludos se desparraman cual fideos. Están muy juntas, lo que da a pensar que han hecho un hatillo con los tres cuerpos. El peregrino se abre paso por la estancia y se dirige allí donde tras una cortina se esconde un pasadizo. El túnel es largo, y se prolongan sus mohosas paredes en una espiral descendente para encaminarle al interior de una tierra húmeda y fría, alcanzando en un momento la oscuridad total, pero el peregrino no se detiene, prosiguiendo de forma intuitiva los pasos hasta que percibe una luz al final de la gruta. Al acercarse puede ver que las paredes segregan viscosidades como explosiones de sarpullido y numerosas raíces se proyectan hacia el interior del túnel. Media rata se arrastra intentando huir del reguero de sangre que va dejando a su paso.

—Ya era hora de que te dignases volver, ¿me has traído lo que te pedí?

La vieja parece de mal humor. Nunca en la vida nadie ha visto una mujer tan fea, y ahora, a su edad, es la viva imagen del horror. Un insoportable castigo para los ojos que revuelve las tripas y causa desmayo. Solo en la ficción se han descrito criaturas del submundo utilizando las palabras que son necesarias para ella. Numerosas verrugas negras se amontonan en su nariz entre pelos recios y blancos. Su piel rugosa y granulada, de un gris enfermo, se extiende por el cuello en pliegues ulcerados. Su lengua moribunda asoma babeante arrastrando hilos de viscosidad en una boca amorfa y apenas sin dientes. Entre mucosidades resecas sus diminutos ojos le observan bajo unas densas cejas mugrientas. El poco pelo de la cabeza deja ver protuberancias oscuras de aspecto macabro. En la mano sostiene un cráneo de mono el cual hace sonar mientras se acerca al peregrino.

—Sí, madre, un bote de garbanzos y dos latas de alubias.

La vieja, con movimiento raudo, engancha por la mejilla al peregrino zarandeándole un poco el moflete con bastante fuerza. De una estantería alcanza un plato y lo pone delante del peregrino. Coge un huevo, lo abre directamente en el plato y lanza sobre él una nube de polvo desconocido. Tras unas efervescencias comienzan a brotar unas voluminosas setas que el peregrino come a medida que van saliendo.

—Son para el gato, que mira el pobre cómo está desde que no come.

En una esquina un gato cadavérico consigue ponerse en pie. Un enjambre de moscas revolotean sobre él e insectos recorren su cuerpo. Su escaso pelaje deja entrever un pellejo repleto de ronchas y llagas adherido al hueso. Se desploma el gato como un castillo de naipes y un ruido extraño emerge de su boca torcida. Su mísera barriga, redonda y calva, parece a punto de explotar constreñida por unas costillas diminutas sin apenas carne. Un rabo mugriento y desaliñado, retorcido como un cagarro, da algunos coletazos manifestando mortal pesadumbre. Sus orejas mordisqueadas a punto de desaparecer aletearon con desánimo antes que la lengua exánime se mostrara entre sus fauces abiertas. ¡Miauuuu! La bruja deposita de mala gana las alubias a su lado. El gato, haciendo un esfuerzo, consigue acercar lo suficiente la cabeza como para lamer con indolencia la alubia más cercana.

—Está exquisito. ¿Qué estás preparando en la marmita?

—Extracto de hombre muerto. Ya que estas aquí podrías ayudarme a sacar los huesos de la marmita. Hace ya tres días que cuecen.

—¿Es esto posible? Sabes bien que no me gusta que me mandes estos trabajos de brujería y no hace ni un minuto que he llegado y ya quieres que me ponga con esos huesos. Va a ser esta la última vez que vengo a verte.

—No te pongas así, que tampoco es para tanto. Solo tienes que estirar de la cuerda. Cuéntame cosas, ¿qué tal por la universidad? Ya sabes que si hay que echarle el mal de ojo a algún profesor nadie como tu madre.

—Los estudios van bien, y me han ofrecido un trabajo. Mamá, me voy a casar.

—¿Qué dices?

—Sí, he conocido a una chica. Bueno, hace ya tiempo que salgo con ella, y sus padres me han insistido mucho en conocerte.

—Pues que vengan.

—He pensado que tal vez sería mejor que te arreglaras un poco y que cenásemos con ellos.

—¿Cuándo?

—¿Qué te parece mañana?

—Ya sabes que por ti haría cualquier cosa.

El peregrino recorre el camino y en su cabeza no para de repetir: ¡Ay, madre!

Fin

2 comentarios:

  1. Increíble, Rafa. Sin palabras. Pasas de describir un lugar espeluznante a ofrecer un diálogo entre una madre y un hijo bastante cotidiano, normal. Choca ese contraste, y es brutal. Cada cuento tuyo que leo me satisface como no te puedes imaginar...

    Un fuerte abrazo^^.

    «En el centro una marmita enorme bulle intensamente y sobresaliendo sobre el caldo se intuyen tres cabezas humanas,»

    Sería mejor "sobresaliendo del caldo, ya que el "sobresaliendo" incluye "sobre".

    «En la mano sostiene un cráneo de mono "COMA" el cual hace sonar mientras se acerca al peregrino».

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias Sergio, me alegra mucho que te haya gustado. Espero hacer pronto un recopilatorio de relatos, cuando tenga un par más, para vender en bubok y Amazon. Ya me dirás cosas de mi nuevo relato, la princesa encallada, que creo ha quedado bastante gracioso.

    Gracias también por las correcciones, muy bien vistas y atinadas.

    Saludos

    ResponderEliminar