2015/04/01

El funeral



El intenso sol cocía al vapor los escasos restos humanos bajo las lápidas. Un poco más fresco se estaba en la sala del velatorio, donde la gente reunida alrededor del féretro comenzó a cuchichear.
Lo han dejado muy bien.
Sí, hace mejor cara ahora que cuando estaba vivo.
Yo he estado a punto de darle la mano.
Lo hubieran podido dejar con bata y zapatillas.
El murmullo era intenso hasta que el tañir desacompasado de un cencerro sonó a lo lejos y provocó el silencio entre los presentes de forma que todos pudieron oír a la viuda decir:
Alguien podría traer unos bollos.
El golpeteo era cada vez más insistente y a cada momento que se acercaba parecía más furioso y demencial. Cuando el estruendo ya no podía dar más de sí, asomó por la puerta la sonrojada faz de un opulento cura con el pelo flequillo que en la mano sostenía el cencerro. Se aguantaba en el marco de la puerta y parecía a punto de morir. La cara chorreaba sudor igual que una regadera. Súbitamente, tendió una mano hacia el difunto y gritó, como si estuviera en lo alto de una montaña, que una vez más los deseos del señor se habían puesto de manifiesto. El desmedido alarido sorprendió un poco a los presentes, pero a su vez generó la máxima expectación. Giró sorpresivamente el cura dando un brinco, y con las manos sobre el féretro escrutó con avidez el cuerpo del difunto. Sus siguientes palabras, también a viva voz, fueron encaminadas a reconvenir sobre los abusos en el comer y la gula, proclamando la sobriedad en la dieta.
Es necesario refrenar el ansia—gritó— cuando estás comiendo cochinillo. Las patatas intensifican nuestra gula y es necesario contenerse. La papada crujiente y las orejas nos hacen salivar que es una barbaridad, pero hay que reprimirse, que luego viene el postre”.
Simulaba, mientras esto decía, estar comiéndose las patatas una tras otra y metiéndose en la boca grandes trozos de carne que masticaba con fruición. Tras limpiarse las babas con la manga echó mano al bolsillo y sacó un enorme bocadillo que hizo desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Ninguno de los presentes se podía creer que realmente se hubiera engullido el bocadillo y pensaron que había hecho un truco de magia o que simplemente habían sufrido una alucinación.
Continuó el cura con una disertación sobre el tiempo necesario para que el alma del difunto alcanzase el cielo, tiempo que estimó en cientos de millones de siglos. Los primeros seres humanos, dijo, aún están por el camino. En la actualidad están sentados a la diestra de dios padre los primeros monos. Los presentes escuchaban atónitos estas hasta ahora desconocidas revelaciones intentando evitar los ademanes y aspavientos que el cura hacía mientras escenificaba las adversidades del viaje.
Al pasar por Venus tempestades ardientes rodearán su alma como un enjambre y las sorteará con briosos movimientos, esquivando los peligros por gracia divina. El viento solar no será un inconveniente, aunque puede suponer un desvío en la trayectoria, al igual que los meteoritos, cuando vienen desde arriba”.
No era muy grande el sitio y se iban apretujando los asistentes mientras escuchaban el discurso del cura, repleto de onomatopeyas e insólitos ruidos. Narrando con briosas gesticulaciones el paso de un asteroide y describiendo la órbita con el puño golpeó en la cara a un viejo que estaba en primera fila, dejándolo en el suelo tal como si hubiera recibido el impacto del meteorito. La expresión que puso antes de desplomarse fue en todo semejante a la de los que tenía al lado.
Rápido fue el cura a ayudarle interponiéndose a los demás con ademanes de gran culpabilidad y se agachó para reanimarlo. Intentaba el viejo esquivar los morros del cura girando la cabeza de lado a lado con expresión de asco cuando le intentaba hacer el boca a boca. Todos los presentes, apretujados unos con otros al fondo de la sala, observaban atónitos las descomunales nalgas del cura aprisionadas en su hábito negro, y unos momentos tuvieron que pasar para convencerse de que el sonido sospechoso provenía, efectivamente, de allí donde estaban mirando. En unos momentos la pequeña estancia era peor que estar metido en un establo.
El viejo pataleaba y gritaba con insistencia sin poder impedir que el cura, agarrándolo por la cabeza, le practicara una briosa reanimación.
No creo que necesite respiración asistida —dijo uno—. Aunque tal vez haya que sacarle una radiografía.
Le estoy insuflando el aliento de la vida —respondió el cura con cierto enfado—, y no sé quién es usted, con su poca fe, para impedir que le haga participe de este don que he recibido por gracia divina.
Ya me encuentro mucho mejor —dijo el viejo—. Ya se ha obrado el milagro.
¿De verdad? ¿Lo dice en serio? —preguntó el cura.
Sí, sí. Es fabuloso. Es un milagro.
Se levantó el cura henchido de gloria y comenzó a abrazar a los presentes, levantando a algunos del suelo, restregándoles la sebosa papada sudorosa mientas los hacía girar por los aires. A otros los zarandeó por los mofletes y a los que veía un poco achacosos los obsequiaba con unas cuantas ráfagas de su divino aliento en la cara. No podría decirse por sus reacciones que tal cosa fuera de su agrado. Por más que se resistían iban cayendo uno tras otro hasta que el viejo tosió, y llamó así la atención del cura, que le dirigió una inmediata y escrutadora mirada.
¿Se encuentra bien?
De maravilla.
Aguantaba el aliento el viejo manteniendo la compostura con la cara roja, pero no conseguía engañar al cura, que estiraba el cuello para observarle mejor. No pudo más y terminó tosiendo de nuevo, y aunque hizo amago de huir pronto se vio agarrado por el cura y sacudido en la espalda en forma tan vigorosa que la dentadura salió por los aires. Acto seguido, sujetándole la cara con ambas manos, exhaló a dos dedos de sus narices el divino aliento. Dirigió a los presentes una forzada mueca de alegría y detectó en sus cara cierto escepticismo.
Si voluntad del Señor fuera —gritó levantando los brazos— podría con mi soplo divino retornar a su antiguo vigor de la juventud al mismo difunto que yace aquí en este féretro. No hay límite para el poder de dios.
Esta afirmación genero cierta estupefacción y rumoreo en la sala, pero el agudizado oído del cura reconoció el particular tintineo que hacen los monaguillos al poner la mesa en el jardín, y supuso que los familiares del difunto habían contratado el ágape que ofrece la parroquia con los servicios funerarios, consistente en una tortilla de patatas y una coca de verduras. Se servía además un poco de tinto y gaseosa.
A grandes zancadas sobre las lápidas bajo el sol abrasador alcanzó en un instante el cura la carpa donde se servía el tentempié y comenzó a devorar la coca con desmedida avidez. Amontonó unos trozos sobre otros y mientras con una mano los apretujaba en el interior de su boca con la otra componía un rectángulo más pequeño con los pocos trozos restantes. La tortilla recibió el mismo tratamiento, aunque no quedó tan bien compuesta. Se metió en el buche media botella de vino y volvió corriendo a la sala del velatorio, donde la mayoría de los feligreses se encontraban fuera y habían presenciado la descontrolada bacanal. Muchos le dirigieron reproches, a los que el cura contestó que el pastor que cuida de las ovejas descarriadas también tiene que comer, y así, como si fueran un rebaño, fueron empujados hacia el interior. Acompañaba sus gestos el cura imitando los balidos de una cabra.
Una vez dentro, y tras haber llamado la atención de los presentes declamando con notable prosopopeya unas palabras en latín que se acababa de inventar, comunicó que había llegado la hora de pasar el canastillo y que por favor fueran depositando en él todo aquello que llevaran de valor, así como el reloj, anillos, collares y la cartera.
Estará de broma — gritó un señor con bigote—. En las colectas solo hay que poner la voluntad.
Esto era antes. Desde hoy mismo las disposiciones papales son un poco más exigentes con el cumplimiento de la caridad. Tened en cuenta, hijos míos, que todo os será devuelto con creces en la otra vida. Considerarlo una inversión o un pequeño soborno.
El señor del bigote manifestó con cierta rotundidad su intención de no depositar salvo aquello que considerase adecuado, pero cuando sacó la cartera el cura se la agarró de un zarpazo y dándole la espada puso todos los billetes en el canastillo. La diferencia de tamaño y el barrigón del cura hacía que fuera imposible que el señor del bigote recuperara su dinero, y bastante enfadado salió de la sala.
A medida que salgan pueden ir a la capilla a dirigir sus quejas al Señor, que siempre atiende con mayor fervor las súplicas de los afligidos.
Esto es un robo.
Quedó el cura taponando la puerta, dejando salir solo a aquellos que habían depositado sus pertenencias en el canastillo. Cuando hubo terminado el proceso cogió el cencerro del suelo y haciéndolo sonar con brío se fue por donde había venido. Mañana sería otro día. Tenía un bautizo y una boda.


Fin