2009/02/15

Capítulo I


Una lamparita alumbra la mesa de mi despacho y apenas al resto de la habitación; en la mesa hay bastante desorden, y mientras avanza la noche sigo inmóvil como una estatua sumido en complejos devaneos. Se me acumulan los recuerdos en la cabeza y me doy cuenta de que son infinitas las ramificaciones que me llevan de un lugar a otro, cruzando con gran velocidad recuerdos dispersos en el tiempo. Pienso en Paco, mi alegre cerdito, el juguetón, y sin poderlo evitar me distraigo recordando la alegría de tantos momentos felices; cuando nos revolcábamos juntos en el fango o cuando lo tuve por primera vez en mis brazos. ¿Cuántas veces habré llorado a su lado? Es difícil de decir.

Pienso también en Joaquín Buenpie, personaje entrañable, buen amigo y compañero de trabajo en el restaurante “La Cacatúa”. Compartimos, durante dos años de nuestras vidas, las penalidades de aquel trabajo extenuante y represivo. A pesar de haber transcurrido más de diez años recuerdo con claridad su semblante alegre de grandes mofletes, el tambalearse de su extrema obesidad y el arte con que zapateaba el suelo, dando palmadas a su vez al son de la música de José Caracol, su ídolo. Daba la impresión que la inconsistente grasa que cubría su cuerpo por todos lados pudiera salir desprendida debido a la fuerza centrifuga de sus insólitos movimientos de baile. Por las noches, cuando ya se habían ido los clientes y empezábamos a limpiar, se ponía muy contento y pasaba la fregona cantando con gran sentimiento y pasión. Como yo, vivía en el restaurante “La Cacatúa”, en las habitaciones de la parte de arriba.

Pronto se disipan de mi mente estos gratos recuerdos y se instala en su lugar con una reincidencia excesiva la inquietante expresión de su rostro el día de su muerte, dejándome, como siempre, profundamente abatido. Sus angustiosos llantos y gemidos de dolor me han perseguido en sueños desde entonces, recordándome el extremo sufrimiento de los últimos momentos de su vida, cuando en un estado de visible desesperación, completamente alterado, apareció medio desnudo en mi cuarto chillando como un energúmeno. No berrea con mayor desafuero una cabra, cuando envestida por un toro emprende el primer vuelo de su vida al tiempo que escampa sus vísceras sobre la tierra. Tampoco se altera tanto la gallina clueca cuando del huevo que estaba empollando en lugar de un pollito sale un lagarto y éste la ataca mordiéndola en una pata.

Sufrió el pobre Joaquín Buenpie un ataque paranoico acosado por la alucinación de una rata gigante. Víctima de esta paranoia podía sentir incluso como la rata trepaba por su cuerpo y en todo lugar donde miraba creía ver la gigantesca rata, preparada para atacarle, mirándole con ojos ensangrentados. El pavor le tenía dominado y parecía sufrir un colapso nervioso.

Aquella noche sería la última de su existencia, pues poco después de que le sacara de mi cuarto sacudiéndole con una fregona, saltó, presa del histerismo, por la ventana de su cuarto, que aun no siendo una altura excesiva bastó para que todos los órganos de su cuerpo sucumbieran a un fatal aplastamiento. Debería haberle ayudado, pero no fue lo que hice. En ningún momento pensé que pudiera cometer alguna locura, pero así fue. Cuando tuve noticia de su muerte sufrí una conmoción, un sentimiento de angustia constante y tuve que ser ingresado temporalmente en un psiquiátrico.
La extraña muerte de Joaquín fue un acontecimiento terrible y doloroso, pero fue tan sólo el principio de una serie de desgracias imprevisibles y desconcertantes. En Santa Julieta, pequeño pueblo del centro de Mallorca, ocurrieron otros misteriosos sucesos que llenaron de espanto y congoja a los vecinos del pueblo.

Como la picadura de una araña, que disemina la ponzoña infecciosa produciendo un gran dolor, se extendió la más deplorable providencia por Santa Julieta, dejando a su paso la desesperación y el dolor entre las inocentes gentes del pueblo. Sin poder preverlo se vieron envueltos en una secuencia de espantosos sucesos impredecibles bajo todo examen, que truncaron sin esperanza las ilusiones de muchas personas. El vasto poder que esgrime la fatalidad, con el cual controla el devenir de la vida de los hombres, se abalanzó sobre el pequeño pueblo con la fuerza con que una maza hiende sobre la dura tierra la colosal piqueta, golpeándola una y otra vez con la esperanza de que el burro no se vuelva a escapar. Maldad inesperada que como un cepo oculto jamás duda en cernirse con desmedida contundencia al paso del tierno cabritillo, que distraído jugaba con las mariposas. Bala con desespero su madre atrayendo al siniestro cazador, el cual, al ver semejante desastre, se siente orgulloso de su ingenio y perspicacia. Cruel, indiscriminado e irracional fue igualmente el horror que se cernió desmedido sobre la vida de aquellas humildes personas, que sucumbieron desconsolados ante tan inesperadas desgracias.

La misteriosa muerte de Joaquín corrió de boca en boca por Santa Julieta tan rápido como si la noticia hubiera sido dada con un megáfono. Al día siguiente otro compañero de trabajo del restaurante “La Cacatúa”, un ayudante de cocina llamado Paco Cochino, único testigo presencial del suicidio de Joaquín, desapareció sin dejar rastro, esfumándose como el conejo que ve bostezar a un cocodrilo. Se volatilizó como aquel que andando distraído por el campo masticando un bocadillo se cae en un pozo, sin haber dado explicaciones a nadie y sin haber podido proferir, al tener la boca llena, su postrer grito de auxilio. Cuando disipó la niebla vieron que ya no estaba allí.

La desaparición de Paco Cochino sorprendió mucho a sus más allegados, y rápido se extendieron diversas suposiciones sobre su paradero, llegando a decir alguno que había sido abducido por los extraterrestres, asegurando que vio aparecer un platillo volante y que Paco, que estaba cagando tras unos matorrales, se elevó del suelo envuelto en un haz luminoso, pero esta teoría finalmente se pudo demostrar falsa. El día de su desaparición coincidió con otro suceso mucho más sorprendente y aterrador que eclipsaría completamente la trascendencia de su desaparición. Sin lugar a duda de entre todos los acontecimientos funestos de aquellos días, el que generó más expectación y desconcierto entre las gentes del lugar fue la aparición de una momia en pleno centro de Santa Julieta. Muchas personas vieron a la momia y todos coincidieron en calificar su aspecto de absolutamente aterrador. Lo más escalofriante que habían visto en su vida.

Durante meses, en el pequeño pueblo de Santa Julieta, proseguían los ecos de variados comentarios, dando pie a numerosas versiones de esta historia, todas ellas incompletas y carentes de veracidad. La imaginación de las personas ávidas de murmuraciones truculentas no encontraron limite que contuviera la sarta de especulaciones alocadas con que deformaron una verdad que desconocían. Las más descabelladas hipótesis proliferaron entre los niños pequeños del pueblo, muchos de los cuales vieron a la momia con total claridad, a plena luz del día. Un niño del pueblo de apenas doce años, llamado Pepito Grillo, tras su encuentro con la momia, sufrió de envejecimiento prematuro, caneándose su pelo y quedando su rostro surcado de angustiosas arrugas. Perseguido por la momia consiguió finalmente eludirla tras furibunda carrera quedando el pobre niño histérico y trastornado para el resto de su vida.

La única baja que hubo que lamentar fue la del párroco de Santa Julieta, que enfrentándose a la momia con un crucifijo, descubrió demasiado tarde que tal truco sólo funciona con el Conde Drácula, y sucumbió el párroco al letal abrazo de la momia. El forense determinó que la muerte fue debida a un paro cardíaco, pero quienes vieron el cuerpo del difunto confirmaron que la expresión de su rostro era la de un mortal espanto.

Nunca más se volvió a ver a la momia, pero aún hoy, diez años después, sigue celebrándose en Santa Julieta la festividad de la momia, disfrazándose sus gentes, unos de momia, otros de cura, organizándose bailes y juegos conmemorativos del espantoso suceso.

La investigación de este misterio corrió a cargo del inspector Eustaquio Trompeto, individuo sobresaliente de gran personalidad y carisma, con el arrojo de un león hambriento encerrado en la jaula de un circo, que gustoso atraparía con sus zarpas la cabeza de un niño para devorarla entre los barrotes. No desmerecería al compararse con Héctor de Troya, quien no dudó en enfrentarse con el mítico guerrero invencible Tobillo. Tampoco quedaría en mal lugar al compararse con el mismísimo Tarzán, que con Chita al cuello pega un gran salto de un árbol a otro al tiempo que exclama su inhumano alarido.

El inspector Eustaquio había nacido para impartir justicia. Superó las pruebas de ingreso a la academia de policía con sobrada holgura y se graduó con honores con la mejor calificación de su promoción entre aplausos y aclamaciones de sus compañeros y superiores, a los que se les caía la baba de pura envidia y satisfacción. Fue un ejemplo destacado en la mejor generación de agentes en la historia de la Academia Policial de Cuenca, repleta de grandes talentos, todos ellos alentados por su ejemplo. Siendo policía destacó por su vigor en el manejo de la porra y su perseverancia en las persecuciones, y nunca desfalleció en su firme empeño de resolver los diferentes problemas de las personas. Intolerante con la delincuencia, arremetió con decisión firme cualquier atisbo de ilegalidad y rápidamente hizo méritos por los que fue ascendido y trasladado a la comisaría de Lorito, pueblo cercano a Santa Julieta.

Como inspector de policía demostró inigualables dotes para resolver los casos. En intensa labor, despachaba cada día dos o tres casos de difícil solución, como por ejemplo el robo de una gallina o la desaparición de un zapato, y no encontró problema al que no diera solución. Fue un inspector incorruptible, totalmente insobornable y nunca vislumbró su alma la más leve amenaza de la tentación. Pronto se extendió su fama de severo y eficaz, y cada vez eran más los que le confiaban sus problemas. Las madres, cuando sus hijos no querían hacer los deberes, les amenazaban con hacer venir al inspector Eustaquio. Su carisma y determinación arrastraba a las gentes a una confianza absoluta en su capacidad.

Era el inspector Eustaquio Trompeto como un toro salvaje, henchido de bravura y coraje, pero así como el toro bravo encuentra en una tela granate un adversario imbatible al que no es capaz de hacer mínimo rasguño, encontró el inspector Eustaquio en el restaurante “La Cacatúa” el digno adversario que se interpuso en su camino hacia la fama y el reconocimiento. Allí, en aquel restaurante donde yo trabajaba, dio comienzo el fin de su impresionante trayectoria policial digna de eterna alabanza.

Investigando la aparición de la momia apareció por el restaurante “La Cacatúa”, y allí recibió una calurosa bienvenida. Fue salvajemente agredido por el personal del restaurante, vapuleado como si fuera un monigote y recibió una mortal paliza como la que nunca le dio su madre cuando era pequeño. Aunque maltrecho, pudo escapar con vida, pero al huir con su coche, sufrió un aparatoso accidente por el que estuvo una semana en coma y perdió parcialmente la visión de un ojo. Yo no participé en el linchamiento, si no al contrario, pues intenté ayudarle en lo posible advirtiéndole de su temeridad.

El inspector Eustaquio Trompeto nunca habló de lo sucedido, ni interpuso denuncia contra el personal del restaurante, pero a las primeras visitas que tuvo en el hospital, sus familiares y amigos, les dijo haber sido atacado por un monstruo mutante, un engendro de laboratorio horripilante y descomunal que alzándole como si fuera una pluma le lanzó contra la pared con una fuerza asombrosa. A pesar de las contusiones ocasionadas en el fatal batacazo, huyó despavorido el inspector Eustaquio Trompeto a una velocidad digna de un atleta, pero, perseguido por el monstruo, eligió mal la dirección de sus pasos y se metió en la cocina del restaurante, donde la persecución se volvió más acuciante y donde recibió dos fuertes manotazos en la cara que por poco no dan fin a su estrepitosa huida. Milagrosamente pudo escabullirse, pero poco después, al escapar con su coche a gran velocidad, impactó con un muro de piedra reventando el auto en miles de pedazos.

El monstruo al que hizo referencia y que mencionó reiteradamente durante los delirios de su convalecencia se trataba de otro compañero del restaurante, individuo de aspecto singular, pero que, como veremos más adelante, no actuó con mala fe, sino al contrario, con la mejor intención del mundo.

Al haber sido ingresado el inspector Eustaquio en el hospital “La Sangre” de Palma de Mallorca en estado comatoso no pudo dar parte inmediata de sus averiguaciones y las investigaciones en el restaurante por parte de sus compañeros del cuerpo de policía se centraron en el accidente de tráfico que había tenido el inspector, del cual, el personal del restaurante dijo no saber nada. La muerte de Joaquín Buenpie no había levantado aún sospechas criminales y nadie había denunciado aún la desaparición de Paco Cochino. Tampoco sospechaba nadie, salvo el inspector Eustaquio Trompeto, las conexiones habidas entre la aparición de la momia y la muerte de Joaquín en el restaurante “La Cacatúa”.

Con el primer indicio de recuperación tras varios días en coma profundo ordenó el inspector Eustaquio la autopsia de Joaquín Buenpie y la búsqueda de Paco Cochino, que como ya se ha dicho, había desaparecido del mapa así como desaparece el calamar abisal ante los atónitos ojos del congrio malayo, después de haber soltado un buen chorro de tinta. Yo, que poco antes de su desaparición había estado con él, no vislumbré en su actitud indicio que me llevara a considerar nada extraño.

La búsqueda de Paco Cochino fue infructuosa durante más de una semana, hasta que llegó a través de una postal remitida desde Ecuador la noticia de su secuestro por una banda de terroristas que se hacían llamar la guerrilla ecuatoriana. Eran un pequeño grupo de gente armada que se dedicaban a diferentes labores delictivas, entre ellas el secuestro, asesinatos y tráfico de estupefacientes. En la postal se exigía un rescate en moneda americana que debía entregarse en una fecha exacta en un enclave montañoso de la cordillera de los Andes perteneciente a Ecuador. Estaba aún convaleciente el inspector Eustaquio, e intentando aplacar el dolor de las heridas que en su orgullo se habían abierto, cuando recibió la noticia del secuestro de Paco Cochino. Tampoco se pudo realizar la autopsia de Joaquín Buenpie al haber sido su cuerpo incinerado con una anticipación sospechosa.

Era el inspector Eustaquio persona de natural perseverante, además de orgulloso y arrogante, y esta espina sangrante clavada en el centro de su orgullo se retorcía con cada pensamiento de la humillación sufrida. La rabia contenida, a un punto de desencadenarse, le debía de mantener bajo un estado de fuerte agarrotamiento muscular que lo tenía paralizado, cosa que explica que no cogiera su pistola y la emprendiera a tiros con el personal del restaurante.

Aún sin estar completamente recuperado salió del hospital, y centró la investigación del caso en el rescate de Paco Cochino, de quien sabía que fue testigo presencial de la muerte de Joaquín y única persona de la que podía esperar declarase abiertamente sobre su muerte.

El inspector Eustaquio, aún aquejado de algunos dolores, viajó a Ecuador con el dinero convenido, dispuesto a interceder en el rescate de Paco Cochino, pero más le hubiera valido haberse quedado en la clínica, remugando un poco más en la cama, que no emprender tan arriesgado viaje. Lejos estaba el inspector de vislumbrar las arenas movedizas que se disponía atravesar, impelido por su propia obstinación, quedando atrapado en las redes del infortunio más extenuante y demoledor. El destino cruel que tanto engaña a los hombres en sus proyectos cayó inflexible sobre el inspector en la misma forma que el ponzoñoso aguijón de un escorpión cae, a veces, sobre si mismo. Son designios divinos que su justicia no podemos rebatir, pero no propició la suerte incierta de los hombres que disfrutara el inspector en su madurez de la merecida gloria. Quiso Dios satisfacer el orgullo que siente por su propia obra, viendo como el inspector renaciera de entre sus cenizas, admirado al verle soportar la más dura adversidad y penuria.

—No fueron tan bien las cosas como se esperaba, ¿verdad, señor inspector?

—No, la verdad es que no.

—Se pensaba que iba a ser llegar y besar el santo, ¿verdad?

—Sí, la verdad es que no pensé que iba a ser una misión tan arriesgada.

—Menudo fracaso. Chiquito traspiés.

La investigación de los hechos ocurridos en Santa Julieta sufrieron un inevitable receso al ser también secuestrado el inspector Eustaquio en la selva de “La Papaya” por la guerrilla ecuatoriana, donde le tuvieron encerrado durante ocho años, atormentándole diariamente con castigos insufribles. Cayó en una emboscada y ni siquiera solicitaron un rescate. Hubo de pasar por una prueba de resistencia extenuante sometido a un tormento inhumano de la más infame impiedad. Tras propinarle una brutal paliza lo tuvieron encerrado en una choza al borde de un acantilado, haciéndole soportando la intemperie y unas pésimas condiciones de vida.

Sobre esto tampoco pudieron evitar especular las gentes de Santa Julieta, considerando algunos que el inspector se había ido de vacaciones al Caribe con el dinero del rescate; unos decían que se había ligado a una mulata de doscientos kilos y otros que mendigaba por las calles; pero no era así, estuvo encerrado en pésimas condiciones más de ocho años de su vida, en una edad cercana al retiro muy poco adecuada para sufrir la extrema penitencia y cotidianos tormentos de su secuestro. Tras ocho años de cautiverio consiguió el inspector finalmente evadirse, tras numerosos intentos. Por su propio pie recorrió kilómetros de selva, alimentándose de insectos y pequeños lagartos. A su regreso, ingresó en la sección de agudos del departamento de psiquiatría del hospital “La Soledad” sin haber podido solucionar el caso y sufriendo profundos delirios y paranoias.

Durante el tiempo que el inspector Eustaquio estuvo secuestrado, mi vida también dio sorprendentes giros; tras dejar el trabajo en el restaurante “La Cacatúa” me dediqué junto al doctor Gabriel de las Cuadras, propietario del restaurante, al estudio de la psiquiatría, y empecé a trabajar con él en el hospital “La Soledad” llegando a ser elegido, tras siete años de dedicación y esfuerzos, comisario del gabinete del departamento de psiquiatría del hospital.

En todo momento tuve presente al inspector Eustaquio en mis oraciones y en mi pensamiento. Podía sentir en mi consciencia su sufrimiento lejano y con mis rezos le hacía llegar voces de ánimo y consuelo. La bondad divina lo trajo de nuevo a mi lado para que pudiera atenderle en “la Soledad” y ayudarle en una recuperación que en un principio se planteaba dificultosa.

Nuestra estrecha relación y prolongado trato durante el tiempo que me encargaba de supervisar su estado mental y le sometía a diferentes terapias experimentales en el hospital “La Soledad”, me permitió llegar a conocer al inspector Eustaquio Trompeto bastante bien e incluso llegar a apreciarle sinceramente. Una amistad reciproca que podría ser comparada con la que tuvieron Rocinante y el burro de Sancho Panza, si es verdad lo que dicen de ellos los eruditos en el estudio de este asunto.

Aún fascinado y apasionado al rememorar sobre la notable persona del inspector Eustaquio no tendrán mis palabras sombra de adulación. Aun siendo un grato esfuerzo, y reconozco que así es, aclamar al señor inspector con la dignidad que se merece, estas palabras nunca podrán pasar de ser una insignificante reseña, mísera e insuficiente, sobre la personalidad de una de las mentes más inspiradas de nuestro siglo y del que viene. Grandes hazañas prometo, pero pocas van a igualar la majestuosidad del inspector Eustaquio en sus fenomenales intervenciones.




15 comentarios:

  1. ¡Hola! Soy la Administradora del foro Literaturas hispánicas http://literaturashispanica.foroactivo.com/forum.htm
    Solo decirte que sigo tu novela y que el blog queda mucho mejor con la nueva foto que has puesto, la otra no me gustaba nada, esta te favorece mucho más. Un saludo,
    FABI
    "NO SE FRACASA AL CAER, SINO AL NO LEVANTARSE LUEGO

    ResponderEliminar
  2. Aunque haga un tiempo que no entraba, te seguire leyendo.

    Sigue dando caña.

    ResponderEliminar
  3. Encantado de verte por aquí Fabi, espero te sea grato el tiempo que me dedicas.
    Cierto es que la otra foto era en exceso espeluznante, me estuvo doliendo la cara un rato después de hacer aquella gesticulación tan horrorosa.
    Un efusivo abrazo y mi enhorabuena por el foro.

    ResponderEliminar
  4. Andrés, gracias mil por tu grata compañía aquí y en el foro de yoescribo. Permíteme recomendar desde aquí la visita a tu página de cine de horror y otras perlas de la serie “b”, pues es en verdad instructiva e interesante.
    Un cordial saludo.

    ResponderEliminar
  5. En hora buena por tu novela, Rafael. Saludos.

    ResponderEliminar
  6. ¡Saludos!
    Grata sorpresa me llevé al descubrir tu blog. Por favor, me encantaría que le echases un vistazo a los míos y me comentases qué te parecen:
    http://findestemundo.blogspot.com
    http://calviva.blogspot.com
    ¡¡¡Muchísimas gracias!!!

    ResponderEliminar
  7. Gracias por tu apoyo, Rafael. He visto que has escrito un libro, lo has encuadernado y todo eso tu? Ya me contarás como lo hiciste!

    ResponderEliminar
  8. OK, Wences, así lo haré. Gusto mucho de leer los trabajos de nuestros compañeros del ciberspacio.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  9. Hola Coren, no hay de qué. Dame un poco de tiempo y colocaré en el blog un adjunto sobre cómo hacer estas sencillas encuadernaciones.

    Saludos

    ResponderEliminar
  10. Tarde me sumo a la lectura de tan apasionante novela, pero me voya a poner al día rápidamente
    Siento que Cervantes y Alvaro de la Iglesia sobrevuelan su relato con una sonrisa de aprobación
    Un abrazo
    W.S.

    ResponderEliminar
  11. Gracias William, nunca es tarde si la dicha es buena, y estoy encantado de tu paso por mis letras. Yo también he estado leyendo tu novela y me he llevado una grata sorpresa. Escribes muy bien y con mucho humor. Permíteme recomendar aquí a mis escasos lectores que no duden en interesarse por tu singular y divertida novela.

    Me alegra hayamos coincidido
    Saludos
    Rafa

    ResponderEliminar
  12. Me he quedado a media lecutra. Los Reyes Magos me reclaman, me tiran de la manga.... Arranca bien, entre muchas líneas y fronteras...

    ResponderEliminar
  13. Acallada la primera salva. Aún estoy en proceso de digestión, pues el enigma de la cacatua no se parece a nada de lo que leo habitualmente, y eso creo, es muy bueno.
    De momento, lo que más me ha llamado la atención es su hilaridad, inmensa. Esto promete.
    Mi único pero, un cierto exceso literario, que a mí me divierte, que encaja muy bien en el tono, pero ya no sé si a todo el mundo le gustará.

    En fin, un gran placer haber hallado este sitio.

    ResponderEliminar
  14. Hola, Igor, lo que dices es una gran verdad de la que soy consciente y que asumo incluso con cierta complacencia. También sé que en este primer capítulo hay aspectos que retocar, hay algunos párrafos que requieren un revisión, pero no será para aligerarlos, probablemente al contrario.

    Este exceso literario no es constante en la novela, pero en el primer capítulo fui dejando señales de lo que se podrá ir encontrando por el camino.

    Creo en la necesidad de ser muy pulcro y puntillos, por lo que te agradecería no tengas reservas si encuentras cosas que no son de tu gusto.

    Mil gracias.

    ResponderEliminar