2026/02/10

Muertos a caballo

Todo comenzó el día de la tradicional fiesta de la cosecha de la alcachofa. La multitud expectante abarrotaba las calles y gritaba eufórica al acercarse la procesión. Presidían la comitiva una orquesta y un numeroso grupo de bailarinas; todas ellas muy del gusto de la época, corpulentas, sonrosadas y mofletudas. Vestidas con un traje rosa ceñido hasta el cuello y una guirnalda de flores en la cabeza, daban vueltas si parar a pesar de la lluvia de alcachofas que caía sobre ellas en todo momento. La orquesta a su vez seguía el paso a un buen ritmo, sin desfallecer bajo el tremendo castigo. Por detrás se acercaba el séquito real, compuesto por numerosos cortesanos con sus pomposos trajes de gala. A cierta distancia cualquiera pensaría que se trataba de un grupo de pavos reales de gran tamaño, pues andaban agazapados tras el coro de monaguillos, que entonaba a voz en grito el Deus Gloria Mundi Rabanito. Tan angelicales eran sus voces que los golpes de alcachofa parecían causarles un estado de exaltación religiosa.

Tras ellos venía la carroza real, donde el Rey Gulfridio IV, el apasionado, sentado en un trono dorado en lo alto de un pedestal, sonreía a la alborotada multitud protegiéndose con un escudo y teniendo especial cautela con las alcachofas que salían de los balcones.

El Rey Gulfridio IV, el apasionado, pasaría a la historia por el denodado aprecio que sentía por una burra que él consideraba la reencarnación de otra burra que tuvo en la infancia. Esta burra de carácter arisco y con tendencia a soltar coces deambulaba libremente por palacio disfrazada de reina seguida por una corte de doncellas. El Rey Gulfridio IV, el apasionado, la trataba como si fuera su esposa y charlaba con ella de manera frecuente e interpretaba sus rebuznos como los más elucubrados razonamientos, para asombro de los presentes, que se veían obligados a tratar con la burra como si fuera una persona. 

Ya de pequeño, el Rey Gulfridio IV, el apasionado, utilizaba el rebuzno para comunicarse con ella y también con los pajes y doncellas encargados de su cuidado, que pronto se acostumbraron a contestaban de igual manera. Sería difícil confirmar que existiera realmente un diálogo, pero no hay duda de que la simulación era muy buena. Esta moda se extendió por todo palacio, para sorpresa de los visitantes extranjeros, que aunque hubieran dado la vuelta al mundo nunca habían visto nada igual. 

Tan grande y conocida era su devoción por aquella burra que un juglar de la corte compuso un cántico alegre en el que califica los sentimientos del Rey de pérdida de cabeza, pasión sin límite y conducta atropellada. Era la canción favorita del Rey y la que más veces sonaba en palacio. Era corriente verle bailar abrazado a la burra en un estado de completa euforia, rodeado por los enanos bufones, otra de las grandes pasiones del Rey Gulfridio IV, el apasionado. 

Durante el reinado del Rey Gulfridio IV, el apasionado, nacer pequeñito era una bendición. Los tenía en tanta estima que a los más graciosos, a aquellos que se mofaban de él en su cara diciendo la verdad, les otorgaba importantes títulos y grandes propiedades; a algunos de ellos los hizo generales de los ejércitos o mariscales de campaña, por el simple hecho de no respetar nada ni tener un poco de vergüenza. En general ocupaban los puestos más importantes dentro de palacio, pero cuando uno de sus generales fue derrotado en campo de batalla por una señora con una escoba decidió no mandarlos a la guerra ni a misiones peligrosas.

La carroza real, cargada hasta los topes de enanos bufones, simulaba estar estirada por su querida burra, que puesta sobre un carrito dentro de una jaula, para protegerla de las alcachofas, era empujada por seis forzudos. Había sido vestida con sedas y adornada con flecos y flores. En la jaula un sonriente enano bufón la cogía por la brida mientras aparentaba caminar a su lado.

El Rey, desde su alto pedestal, agazapado bajo su escudo, vio que se acercaba a su querida burra el más peligroso criminal de todo el reino, un niño por todos llamado “el hijo del demonio”. Nada bueno podía tener en la mente este mocoso y además en el bolsillo de atrás llevaba un tirachinas hecho con tripas de cerdo cuya potencia ya había sido antes demostrada. Es de suponer que este artilugio fuera el precursor del revolver del oeste. El pequeño diablo se coló entre los forzudos y abriendo la portezuela de la jaula lanzó una tremenda pedrada en el trasero de la burra. 

No se esperaba, el pobre niño, recibir una coz en toda la cara, en una medida tan desproporcionada al daño que había causado. La pobre burra, que no sabía lo que era el dolor, que toda su vida la había pasado entre cojines, empezó a cocear a dos patas y estaba provocando un intenso vaivén en el pedestal, donde el Rey, en su elevado trono, estaba a punto de caer. El enano bufón volaba por los aires agarrado a la brida y chillaba al son de los sonajeros que adornaban su traje. Retorcía el cuello la burra con los ojos descarriados y describiendo círculos concéntricos con las orejas rebuznaba por todo lo alto. 

La muchedumbre disfrutaba mucho con este nuevo formato, y era realmente de admirar los prodigiosos rebuznos y convulsiones aéreas que la amada burra daba dentro de la jaula. Todo eran risas y carcajadas.

Las penalidades del rey para mantenerse en el pedestal fueron recibidas como una oportunidad de oreo para lanzar la última alcachofa. El ánimo general fue eufórico hasta que, una vez superada la cuesta, resbalaron los forzudos de un lado y toda la comitiva iniciaba el descenso por el otro lado de la pendiente en caída libre. El rey de un salto se agarró a una cornisa justo al tiempo que el elevado pedestal se desplomaba sobre la gente.

Alertados por los rebuznos los músicos y las bailarinas giraron la cabeza para observar la tremenda pelota. Saltaba y corría el enano bufón delante del todo dando vueltas sobre el empedrado de tal manera que hizo reír al rey, que lo observaba colgado del balcón. 

Toda la banda y las bailarinas emprendieron una inmediata carrera por la estrecha callejuela formando un pelotón. Calle arriba se iban incorporando al alud toda persona que estuviera en la calle; fue una jornada muy participativa. El grupo recorría el circuito en perfecta formación y la carrera se desarrolló con normalidad hasta que tropezó el músico del bombo, momento en que dejó de ir en cabeza para quedar en la parte baja del grupo. Al final la montaña de gente se paró al llegar a la plaza y los supervivientes pudieron seguir la celebración en otra parte.

Al otro lado de la plaza había una escalera empinada y sinuosa por la cual bajaron la burra, el enano y dos bailarinas subidos sobre los restos el carrito, y siguieron por esa camino a velocidad de vértigo. Finalmente se estrelló el trineo provocando el derrumbe de una pared. Además de la burra también sobrevivió el enano, que aunque había perdido todos los dientes estaba muy contento.

El Rey a salvo en su palacio observaba con un catalejo como la burra se alejaba camino del bosque. La pobre burra, que toda su vida solo había conocido la alegría y el deleite, se enfrentaría al frío y al desamparo. Con lágrimas en los ojos, el Rey Gulfridio IV, el apasionado, pidió a su ministro de la guerra que organizara su búsqueda. El general Pérceben Fongrill, glorioso guerrero antaño, fulgor divino de una casta inmortal, con una seriedad inescrutable en el rostro, puso la mirada perdida en el horizonte mientras el Rey sollozaba y bramaba desconsoladamente sobre su hombro. 

El general Pérceben Fongrill, ministro de la guerra, había cumplido noventa años sin que su coraje se hubiera visto afectado. Apenas tenía la fuerza para levantar una cuchara pero azuzado por el deber se enfrentaría a la jungla y se abriría paso entre la foresta blandiendo el sable. Sus pérdidas de memoria no serían traba para su determinación incólume, y aunque no sean estas las condiciones óptimas para meterse en un bosque era de esperar que recorriera los senderos acechando el rastro de su presa con su poca vista y ausencia de olfato. No se ponía en duda que lograría el éxito en esta difícil empresa.

Acompañaban al general Fongrill los más intrépidos caballeros de la corte vestidos con sus mejores galas y armados hasta los dientes. Sedas, plumas y pieles adornaban las pomposas vestimentas del contingente, que parecía que iban a emprender el vuelo. Como un ejercito de aves del paraíso se enfrentarían a lo desconocido. Fongrill vestía una resplandeciente armadura completamente rígida que no le permitía hacer ni un movimiento. Era en realidad una gran caja de metal con forma humana en posición ecuestre bien sujeta al caballo. Todo el grupo esperaba junto a la muralla a que diera la orden con un grito para iniciar el galope, pero tuvo que pasar casi media hora hasta que su caballo comenzó a andar por decisión propia y todos fueron detrás de él. Se paraba numerosas veces y no quedaba más remedio que esperar, para creciente frustración de todo el destacamento y de la gente de palacio que a menos de diez metros observaba desde la puerta del castillo.

Llevaban más de dos meses dando vueltas y no habían tenido ni siquiera un avistamiento lejano de la burra. Estaban todos los caballeros al límite de sus fuerzas. Sus caras demacradas y su total desfallecimiento manifestaban la necesidad imperiosa de un poco de comida. Si alguien encontraba un espárrago se consideraba un hallazgo y se repartía entre todos. Esta podía ser la única comida del día. 

Muchos habían cogido enfermedades. A algunos se les habían caído los dientes, otros sufrían diarreas, fiebres altas y pérdidas de cabello. Montaron un campamento pero pronto se instaló allí el tedio y la dejadez. El desánimo reinante solo se veía aplacado por la confianza absoluta en el plan del general Fongrill, que esperaba dentro de su armadura que tarde o temprano pasase por allí la burra. Apenas salía de la caja salvo para arengar a las tropas de vez en cuando y recordándoles que jamás regresarían a palacio sin haber cumplido su cometido.

Al tercer mes la armadura del general despedía una peste insoportable. Ya hacía días que no salía de la caja y una vez confirmada su muerte se decidió levantar el campamento y regresar al castillo, donde recibirían el castigo real y el escarnio público. Pero en el pueblo ya nadie se acordaba de ellos y la burra hacía tiempo que había regresado, para regocijo y gran alegría del Rey, que decretó tres meses de fiesta.  

—¡Muertos a caballo! ¡Muertos a caballo! —gritó un vigilante.

—¿Qué dices, tarado? No me des estos sustos—le aseveró el teniente de guardia subiendo la escalera de la torre.

Viendo que una intensa polvareda avanzaba por el camino cogió el catalejo y constató que efectivamente estaban sufriendo el ataque de un ejército de muertos al galope. Se le desencajó la cara del susto y despavorido corrió a comunicar la fatal noticia a su capitán. Los nervios apenas le permitían expresarse y no hacía más que repetir las palabras del vigilante. Antes que el Rey tuviera noticia de este percance ya habían comenzado a llegar a sus oídos desquiciados gritos de la plebe cada vez más insistentes, y cuando le comunicaron que estaban siendo atacados por una horda de muertos a caballo le dio un soponcio. 

La estatua ecuestre repleta de moscas del general Pérceben Fongrill había disipado una peste insoportable en todo el pueblo y causaba el pavor por donde pasaba. Había recibido hachazos, machetazos y pedradas de todo tipo sin impedir que siguiera su camino al trote desbocado. Llevaba un hacha enganchada en la cabeza y un cuchillo clavado en su cuello. Los otros caballeros, enfermos y desvalidos, al límite de sus fuerzas, no hacían más que ulular retorciéndose sobre el caballo, víctimas de los variados objetos que lanzaba la gente. 

Un grupo de guardianes de la corte, los más valientes e impetuosos guerreros al servicio del rey, bajaron el puente levadizo y cuando se hubieron alejado unos mil kilómetros empezaron a considerarse a salvo. Entraron en tropel los muertos a caballo dentro del castillo extendiendo el pánico y la confusión. Los cortesanos morían en el acto o se suicidaban ante el temor de encontrarse por los pasillos alguno de los muertos a caballo. Saltaban por la ventana o se acuchillaban el vientre incapaces de soportar la tensión. 

Una antigua canción de cuna perduró en la región hasta nuestros días. Se tocaba con un tambor y decía así: 

“Los muertos a caballo te van a masacrar, te sacarán los ojos, te despedazarán, no te salva ni tu madre pronto morirás, el general Fongrill tus restos comerá”. 

El Rey huyó espantado subido a su querida burra y nunca más se le volvió a ver. La estatua de general Fongrill fue coronada públicamente y se instauró el primer reinado de un muerto en la historia de la humanidad. 




Fin

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