2009/10/31

La divina peste


Un espeluznante grito agónico emergió de su garganta al tiempo que con las uñas se arañaba la cara, desgarrándose los párpados con la fuerza con que un carnicero arranca la piel a un pollo. Sus uñas, más afiladas que las del papagayo, rebanaban la blanquecina epidermis arrastrando unas finas tiras de piel ensangrentada que se enrollaban bajo ellas. No sentía ningún dolor y si sus ojos quedaron blancos elevando sus pupilas hacia el cielo fue debido al terrible sobresalto que hubiera podido acabar con su vida.

Fue un grito animal, estentóreo y delirante, que de agudo se volvió ultrasónico; sólo imaginable al ver la expresión de su vano intento. Unas gotas de sangre salpicaron la pared cuando ella, al darse la vuelta, se arrodillaba en una esquina del cuarto, temblando como una marioneta a la que su dueño está componiendo los hilos. Su corazón latía con un vigor inusitado, resonando en su interior como el eco que se aleja por las montañas. Como el estrépito de las pisadas de una manada de rinocerontes huyendo en estampida al ver entre los matorrales, preparada para el asalto, a la hembra del zorrillo, palpitaba su corazón, hinchándose al punto de estallar como un globo.

Alejandro, vestido tan sólo con un trapo atado a la cintura imitaba con naturalidad los andares de un gorila, rascándose las axilas y emulando con acierto el canto del chimpancé, y así, tras hacer un par de volteretas, se acercó a ella con intención de calmarla; pero cuando se disponía a hacerlo paró un momento y rugió un furibundo alarido de la jungla golpeándose el pecho tal como había visto hacer a Tarzán en una película.

Marcela reaccionó volviéndose inmediatamente y mirándole con rabia saltó sobre él como fustigada por el látigo de un carcelero. En pleno vuelo exclamó:

—¡Menudo susto me has dado, cabrón!

No tenía pocos motivos, pues además de amorfo, Alejandro es gordo, feo y muy peludo; aunque muy buena persona, un trozo de pan.

Agarrándole por los pelos lo sacudió como si estuviera vaciando un saco de cascaras de almendra y al ver que Alejandro no paraba de reír le enganchó el cuello con las dos manos y apretó con toda su fuerza. De los ojos de Alejandro brotaban con intensidad creciente lágrimas de desolación al tiempo que se enrojecía su cara por la falta de aire. Su tierna sonrisa se desdibujaba de su cara. Marcela, como poseída por el diablo, no hubiera dejado nunca de apretar, pero un sonido extraño y sibilino anticipó la invasión de una gran peste y soltó la presa para taparse la nariz. Alejandro al salir corriendo se golpeó con fuerza con la puerta en la nariz, o eso es lo que me ha contado.

Fin


3 comentarios:

  1. Rafael, este también es un gran relato. Escribes con un estilo que nos gusta bastante en el equipo de la revista. Te seguimos leyendo...

    Un abrazo.

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  2. Muchas gracias, DeGozel, me alegra sobremanera que os agraden mis relatos. He pasado a veros por la revista y he podido comprobar que vuestros escritos son de notable calidad.

    Pondré un enlace a vuestro blog para estar pendiente de las actualizaciones. Suerte.
    Saludos
    Rafa

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  3. Este es mi primer relato corto desde que di por finalizado “El enigma de la cacatúa”. No era un relato completamente consciente, aún ni había pensado proponerme escribir relatos y estaba escribiendo otra novela, que ha quedado en reposo. Quería ser más bien un ejemplo de mi forma de escribir.

    Por otro lado no oculta una influencia aplastante de “El enigma de la cacatúa” hasta el punto que solo puede darse en ese contexto.

    Gracias a todos

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