2009/02/15

La divina peste

Un espeluznante grito agónico emergió de su garganta al tiempo que con las uñas se arañaba la cara, desgarrándose los párpados con la fuerza con que un carnicero arranca la piel a un pollo. Sus uñas, más afiladas que las del papagayo, rebanaban la blanquecina epidermis arrastrando unas finas tiras de piel ensangrentada que se enrollaban bajo ellas. No sentía ningún dolor y si sus ojos quedaron blancos elevando sus pupilas hacia el cielo fue debido al terrible sobresalto que hubiera podido acabar con su vida.

Fue un grito animal, estentóreo y delirante, que de agudo se volvió ultrasónico; sólo imaginable al ver la expresión de su vano intento. Unas gotas de sangre salpicaron la pared cuando ella, al darse la vuelta, se arrodillaba en una esquina del cuarto, temblando como una marioneta a la que su dueño está componiendo los hilos. Su corazón latía con un vigor inusitado, resonando en su interior como el eco que se aleja por las montañas. Como las pisadas de una manada de rinocerontes huyendo en estampida al ver entre los matorrales, preparada para el asalto, a la hembra del zorrillo, palpitaba su corazón, hinchándose al punto de estallar como un globo.

Alejandro, vestido tan sólo con un trapo atado a la cintura no hubiera podido nunca disimular la erección que exhibía en esos momentos, y así, completamente desnudo y con la polla tiesa se acercó a ella con intención de calmarla; pero cuando se disponía a hacerlo paró un momento y rugió un furibundo alarido de la jungla golpeándose el pecho tal como había visto hacer a Tarzán en una película.

Marcela reaccionó volviéndose inmediatamente y mirándole con rabia saltó sobre él como fustigada por el látigo de un carcelero. En pleno vuelo exclamó:

—¡Menudo susto me has dado, cabrón!

No tenía pocos motivos, pues además de amorfo, Alejandro es gordo, feo y muy peludo; aunque muy buena persona, un trozo de pan.

Agarrándole por los pelos lo sacudió como si estuviera vaciando un saco de cascaras de almendra y al ver que Alejandro no paraba de reír le enganchó el cuello con las dos manos y apretó con toda su fuerza. De los ojos de Alejandro brotaban con intensidad creciente lágrimas de desolación al tiempo que se enrojecía su cara por la falta de aire. Su tierna sonrisa se desdibujaba de su cara. Marcela, como poseída por el diablo, no hubiera dejado nunca de apretar, pero un sonido extraño y sibilino anticipó la invasión de una gran peste y soltó la presa para taparse la nariz. Alejandro al salir corriendo se golpeó con fuerza con la puerta en la nariz, o eso es lo que me ha contado.



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